Mucho texto
y poca audiencia
Desde hace años, hemos sido testigos —y víctimas— de una enorme ola de información en la punta de nuestros dedos. Cada vez más personas se adentran en el mundo de la creación de contenido en formatos breves, incluso lo convierten en una fuente de ingresos. Con esto incrementa la información que circula, en distintos rubros, destacando la publicidad, ya que numerosos negocios utilizan las redes como herramienta para impulsar su alcance. Hemos aprendido bastante de este tema, por lo que hoy le daremos un giro distinto.
Volteando hacia atrás, nos hemos percatado de que hemos dejado de leer ideas por consumir fragmentos: ver clips cortos que tal vez transmiten lo mismo —no siempre—, llevándonos a “terminar la tarea” de forma inmediata. No todo el contenido que tenemos al alcance es formativo o nos enseñará algo nuevo; desembocando en doomscrolling o en pasar horas canaleando videos sin prestar atención realmente. Esto es lo que creo que se pierde. El conocimiento se ha comprimido en clips al punto de que no cabe casi nada en una lata tan pequeñita. La “esencia” se vuelve cada vez más abstracta, obligándonos a deducirlo todo y, al mismo tiempo, dejándonos con contenido que casi no dice nada. Agotador.
Pero el problema no es solo el formato: es que el clip no solo deforma, entrena una forma de pensar donde entender rápido sustituye a entender bien. Considero que el problema es tanto el formato como la relación que tenemos con nuestra capacidad de atención. Y si queremos compartir información, como en la divulgación —especialmente la científica—, se vuelve una tarea casi imposible. ¿Por qué? Comparemos las vistas de un creador de contenido de ciencia con las de los creadores más populares del momento. Ahí está la respuesta. Percibo el proceso de creación de contenido científico como un campo de guerra: el algoritmo no favorece ni impulsa videos elaborados de cierta duración. Compiten con millones de temas, por lo que dialogar con el algoritmo se siente como un logro lejano. Posiblemente no sea que el algoritmo no entienda el rigor; sino que no lo necesita.
Por ello, la pregunta de hoy es: ¿qué significa escribir con rigor en la era del clip?
Para desmontar el término, escribir con rigor engloba varios factores. Los más importantes, creo, son la densidad del contenido, el respaldo con fuentes o citas —y sí— también la extensión. Es contenido que tomó tiempo, no solo en edición, sino en comprender los conceptos que se desarrollan. Aunque la extensión importa, no debemos sobreestimarla: a veces basta explicar un concepto de forma simple. Por algún lado se empieza. Pero el rigor no es acumular fuentes: es hacerse responsable de lo que se dice.
Esto lo hemos observado en formatos un poco más largos, donde —como hemos mencionado en publicaciones previas— hay una línea que respetar: simplificar de manera adecuada o caer en el exceso. Por ello también debemos considerar la verificabilidad, la complejidad, la honestidad y la reproducibilidad de lo presentado. Cuando buscamos compartir contenido educativo, tiene que educar, ¿no? Y parte del proceso es que surjan dudas: si se entiende lo suficiente, si es necesario replantear la definición, si conviene agregar otro ejemplo. Eso es lo que, creo, define el rigor al momento de crear contenido, ya sean hilos, ensayos o videos.
La pregunta del millón es si se puede ser riguroso siendo breve. La respuesta es sí; sin embargo, se requiere dominio del tema para aterrizar lo complejo en términos claros para una mayor audiencia. Esto también aclara la diferencia entre claridad y simplificación: explicar de manera concisa no es dejar puntos atrás ni entregar algo incompleto.
Todos estos factores no se llevan bien con el algoritmo, que premia otras cosas: contundencia, emocionalidad y polémica. Son las ideas que sobreviven en este ecosistema digital, mientras se hunden publicaciones críticas, llenas de matices y tiempo. Por ello caemos en la idea de que el clip no informa. Aunque nos culpen de alimentar al algoritmo, tú y yo sabemos que no es tan simple. Aquí es donde creo que el clip deforma. Pero hay un tercer paso: si modificamos nuestro consumo, el clip también puede transformar. El contenido existe, pero no tiene el mismo alcance que los videos de gatos o caídas graciosas. Parece que lo que no se puede consumir rápido, simplemente no existe.
Entonces, ¿cómo crear contenido riguroso?
Primero, informarnos: saber de qué hablamos, respaldarlo con fuentes confiables. En esencia, estudiar. Luego, llevar esa información a la audiencia: definir para quién escribimos. Aquí vemos que el rigor no es solo el contenido, sino parte del proceso; es una mentalidad. Sabemos que tomará tiempo, por lo que la paciencia es imprescindible, sobre todo con nosotros mismos. El camino estará lleno de dudas, y estas parecen prohibidas en un entorno que exige respuestas inmediatas. De ahí surge una sensación de no pertenencia. Sin embargo, la duda es la mejor aliada: podemos aprovecharla alimentando nuestra curiosidad.
Estimados lectores, la creación de contenido lento cuesta trabajo, pero no es imposible. Así ha ido creciendo este Substack y el del herbario. Habrá días sin suscriptores nuevos y otros con comentarios. Aprovecho para agradecer su acompañamiento en este proceso de construcción. En un contexto donde el tiempo lento del pensamiento no es compatible con el ritmo rápido del consumo, creo que quienes están destinados a leerme llegarán. Escribir lento no es romántico: es cansado, y muchas veces ocurre sin aplausos.
Algo que también vemos con frecuencia es la falta de responsabilidad. Personas que, con ligereza, graban un video, ganan vistas y popularidad; pero cuando alguien señala un error, ese comentario se convierte en “ola de odio”. El creador decide no hacerse responsable y apuesta al olvido. Parece que hemos perdido el arte de la conversación. No se trata de que “ya no se pueda decir nada”, sino de que cada vez más personas interpretan cualquier crítica como un ataque personal. La viralidad permite decir sin sostener. Y eso no es libertad: es irresponsabilidad y falta de compromiso.
Por eso es tan importante el rigor. Es una herramienta que funciona como colchón para sustentar lo que compartimos. Es algo que le debemos a nuestra audiencia y a nosotros mismos. Tal vez al algoritmo no le caigamos bien, pero probablemente nos caeremos mejor. Puede que las métricas no sean altas, pero queda la satisfacción de haber intentado hacer algo distinto: crear para ser comprendido, no compartido. Y eso está bien.
Tal vez, así como lo analógico vuelve bajo la idea de que “todo era mejor antes”, algo similar ocurra con la creación. ¿Y si pensamos el rigor como una postura ética más que estética? No como estilo, sino como compromiso. Y eso escasea.
Pero suficiente teoría. Pasemos a la práctica: ¿cómo sostener ideas sin perder claridad?
Determina tus prioridades: la claridad por encima de la complejidad.
Utiliza ejemplos concretos, fáciles de visualizar.
Investiga.
Conecta con emociones humanas compartidas.
Evita repetir opiniones populares: construye la tuya.
Edita tu texto: a veces usamos demasiadas palabras para una idea simple.
Estos pasos nos alejan de la inaccesibilidad y el elitismo. Como no todo está bajo nuestro control, deja que la pluma —o la cámara— te lleve: crea primero, afina después. Más adelante pensarás en la audiencia, pero el primero que debe quedar satisfecho es el autor. También hay que trabajar la pereza del autor: no podemos exigir reconocimiento a una obra hecha con el mínimo esfuerzo.
Es una cuestión de equilibrio.
Entonces, ¿para ti qué es escribir con rigor? ¿Un acto de resistencia cultural o una forma de adaptarnos a una era que vuelve a lo analógico como respuesta a la sobrecarga de pantallas? ¿Qué tipo de contenido prefieres y de cuál estamos hartos? Son preguntas que implican sacrificios: dejar la validación, el alcance y la viralidad a cambio de la satisfacción creativa e intelectual. Escribir con rigor hoy es aceptar que vas a perder alcance para no perder pensamiento. Salvemos el rigor: no como estética, sino como ancla que mantiene nuestro pensamiento vivo —y la duda fértil—.

